Dom. Mar 3rd, 2024

Adam Abusalah, activista comunitario de 23 años, está indignado y lo deja muy claro mientras charla en un restaurante en pleno centro de Dearborn, en Michigan, en el Medio Oeste de Estados Unidos. Ha acudido tocado con una kufiya, el pañuelo blanquinegro palestino. Saluda a unos y otros bien en inglés, bien en dialecto árabe palestino, bien en una mezcla de ambos. “Trabajé en la campaña presidencial de Biden en 2020. Entonces me ocupaba de movilizar el voto árabe estadounidense en su favor, de que la gente se registrara para votar y le apoyara. Y ahora, después de haberle ayudado a llegar a la Casa Blanca, siento que él está ayudando a bombardear a mi familia en Palestina… Me siento traicionado”. Este joven árabe estadounidense, que lleva involucrado en política toda su vida adulta, jura y perjura que jamás volverá a apoyar a Biden. “Ni aunque mi papeleta fuera la que decidiera las elecciones entre él o Donald Trump [el expresidente y candidato favorito republicano] votaría por él”, sostiene.

No es el único que se pronuncia así en Dearborn. Esta ciudad industrial, pegada a Detroit y apodada la capital árabe de EE UU ―más de la mitad de sus residentes, el 54,5%, tienen este origen―, se inclinó mayoritariamente por el demócrata hace tres años. Su respaldo posibilitó que Biden se impusiera en Michigan, un Estado bisagra crucial. Pero desde el comienzo de la guerra en Gaza y el decidido apoyo del presidente a Israel, muchos habitantes se declaran contrarios a un nuevo mandato del actual inquilino de la Casa Blanca; desde aquí ha partido una campaña para que ningún árabe estadounidense apoye su reelección en los comicios de noviembre del año próximo.

“Queremos vincular su presidencia a Gaza. Que sea uno de los factores que provoque su derrota. Que los libros de Historia y las clases de Educación Cívica cuenten que Gaza le costó la presidencia a Joe Biden”, sostiene Khalid Turaani, de 57 años, de la organización Michigan Task Force for Palestine (Fuerza operativa de Míchigan para Palestina) y uno de los participantes en la campaña #AbandonBiden (Abandona a Biden).

Banderas palestinas y renos hinchables

Dearborn es una ciudad de aspecto profundamente estadounidense. Centro de la producción automovilística de EE UU desde que Ford llevó allí sus fábricas en los años 60, esta localidad de 106.000 habitantes, es a primera vista similar a tantas otras en las que a lo largo de interminables avenidas de trazado recto conviven barrios de viviendas unifamiliares con centros comerciales de carretera. Pero aquí, en esos centros comerciales, las franquicias omnipresentes en el resto del país se codean con cafés de pipas de agua, panaderías orientales y agencias de viajes que promocionan vuelos a Yemen. Los letreros de los establecimientos doblan sus mensajes en inglés y en árabe. El alcalde, Abdullah Hammoud, es de origen libanés, como el jefe de Policía, Issa Shahin.

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En el centro de Dearborn, las banderas palestinas conviven en jardines y ventanas de las viviendas con luces de Navidad y renos hinchables. Las mezquitas, adornadas con enormes banderas de EE UU, se alternan con las iglesias. Frente a la tienda Modern Hijab, que ofrece vestimentas femeninas musulmanas en colores modernos, un colorido belén callejero invita a celebrar el nacimiento de Jesús.

En algunas de las calles principales alguien ha pegado en las farolas carteles con fotos de niños palestinos muertos en Gaza, imitando los pósteres con las imágenes de los rehenes israelíes capturados por Hamás que se han multiplicado en las capitales occidentales desde los atentados del 7 de octubre.

El rechazo de la comunidad árabe puede resultar fundamental en el resultado de las elecciones del próximo noviembre. En 2020, Biden derrotó a Trump en Michigan por apenas 154.000 papeletas, un 2,5%. En ese Estado están registrados 300.000 personas de ancestro árabe; en las elecciones de hace tres años, de ese total votaron 146.000 árabes estadounidenses, de los que cerca de un 70% apoyaron al demócrata. El golpe podría ser mayor si, como se proponen los organizadores de #AbandonBiden, otras comunidades árabes estadounidenses también dan la espalda al presidente en otros Estados bisagra donde cuentan con masa crítica, como Georgia, Virginia o Minnesota.

Una encuesta del Arab American Institute publicada el 31 de octubre encuentra que el apoyo a Biden entre los votantes de origen árabe ha caído del 59% hace tres años al 17%, un descenso de 42 puntos porcentuales. Dos tercios de ese grupo electoral mantienen una mala opinión de cómo Biden ha gestionado el papel de EE UU en el conflicto. Ese estado de opinión se suma a los problemas de Biden en las encuestas, que le sitúan por detrás de Trump en la contienda electoral. Su popularidad ronda el 37%, dos puntos menos que en julio. Y esta semana, un sondeo de Siena College para el New York Times apunta que un 57% de los consultados desaprueba la gestión del presidente en el conflicto, mientras que solo un 33% la respalda. Los más críticos son los votantes más jóvenes, mayoritariamente propalestinos.

En Dearborn, la guerra en Gaza ha golpeado de manera especial. Quien no tiene familia en la Franja conoce a alguien que ha perdido a seres queridos allí. Desde que estalló el actual conflicto, menos gente circula por la calle. Hay miedo a una islamofobia que aseguran que ha aumentado; recuerdan el asesinato a cuchilladas de un niño palestino en el Estado de Illinois en octubre, los disparos contra tres estudiantes palestino-estadounidenses el día de Acción de Gracias en Vermont. El ánimo es sombrío. En las conversaciones casuales en panaderías y restaurantes no es raro que surjan términos como “Hezbolá”, “guerra” o “Palestina”.

Ha indignado que EE UU rechace pedir un alto el fuego, como sí han hecho ya el Reino Unido o Alemania, países que también se habían alineado con Israel. Enfada la ayuda militar a Israel, y enardece que Washington aprobara un nuevo envío de armamento inmediatamente después de vetar una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que reclamaba una tregua. Se cita la reciente moción de censura contra la única diputada de origen palestino en el Congreso de EE UU, Rashida Tlaib, como un intento de silenciar las voces pro árabes en la vida pública.

Kamala Harris hace campaña en Dearborn durante las elecciones de 2020.REBECCA COOK (Reuters)

Aunque los árabes estadounidenses en Michigan siempre han sido políticamente activos desde comienzos del siglo XX, cuando se establecieron los primeros, “la naturaleza y amplitud de la actividad política que vemos ahora en Dearborn es algo nuevo”, señala Sally Howell, profesora de Historia y Estudios Árabes Estadounidenses en la Universidad de Michigan-Dearborn. “Es nueva porque la comunidad nunca ha atravesado una crisis política como esta con tantos legisladores, como Rashida Tlaib o Abdullah Hammoud, que les representen. Los logros políticos que la población había conseguido en sus décadas de trabajo duro a nivel local o estatal parecía haberles asegurado un puesto en la mesa, pero el asalto contra Gaza y el apoyo estadounidense ha demostrado lo poco que importan las voces árabes estadounidenses en un asunto tan fundamental para sus vidas y sus valores”.

Al mismo tiempo, agrega Howell, “hay un asalto sin precedentes contra la libertad de expresión contra aquellos que son críticos contra la agresión israelí, los medios no informan con neutralidad acerca de lo que pasa sobre el terreno en Israel y Gaza, y el racismo antiárabe y la islamofobia (en paralelo con el antisemitismo) se están disparando. Esas realidades están motivando todo tipo de nuevas formas de protesta política y de solidaridad”. Pese a ser muy diversa ―recién llegados y asentados desde hace un siglo; demócratas y republicanos; procedentes de Líbano, Irak, Yemen―, en lo que concierne a Palestina, sostiene la experta, “la comunidad habla con una sola voz”.

El desencanto árabe hacia el presidente amenaza con extenderse también a otros candidatos demócratas. La congresista Elissa Slotkin, candidata al Senado por Michigan el año próximo, “ha expresado preocupación a sus aliados por que puede ser incapaz de ganar su batalla electoral” si Biden permanece como el candidato presidencial del partido, publicaba esta semana el The Washington Post. “No es solo Joe Biden. No vamos a votar por nadie que haya mostrado desinterés por las vidas palestinas. Por nadie que no se haya pronunciado. Si temes tanto al lobby judío como para no denunciar las injusticias, no cuentes con nosotros”, asegura Adam Abusalah, el joven activista.

La Casa Blanca sostiene, por su parte, que presiona a Israel para que modere sus tácticas. Asegura que ningún país “ha hecho tanto por aliviar el sufrimiento de la gente en Gaza como Estados Unidos”, según declaraba a comienzos de este mes el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, John Kirby. Consciente del malestar entre los votantes árabes, la oficina presidencial ha organizado encuentros y conversaciones con líderes comunitarios. Los contactos no han acercado posturas.

“No votaremos por Biden”

Osama Siblani, de 68 años, llegó desde Líbano a EE UU en 1976, huyendo de la guerra civil en su país. Siempre le ha interesado la política. Fundó y copresidió el grupo de presión Comité de Acción Política Árabe Estadounidense (AAPAC), acompañó al líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Yaser Arafat, en la firma de los acuerdos de Oslo y creó el mayor periódico de la comunidad árabe en EE UU, The Arab American News, con una circulación de 35.000 ejemplares semanales. En una charla en su oficina, se muestra tajante: “No votaremos por Biden”.

Siblani ―que propone entregar la papeleta para las presidenciales en blanco el próximo noviembre― asegura que en 2020, la campaña de Biden prometió entregar una cartera de gobierno a un árabe estadounidense. Pero “no tenemos una cartera de gobierno, ni un número dos… Ganó gracias a nuestros votos. Pero déjeme asegurarle: en las próximas elecciones, los árabes estadounidenses no votaremos por él”. El rechazo, sostiene, es inamovible: “Para recuperar nuestro voto”, dice, “Biden tendría que convertirse en el mismísimo Jesús y resucitar a los 20.000 palestinos muertos”.

No todos en Dearborn comparten esas opiniones críticas. En la Universidad de Michigan-Dearborn, el estudiante de relaciones internacionales Vincent Intrieri asegura que el asunto ha suscitado una profunda brecha entre los estudiantes. Él mismo asistió a dos manifestaciones en favor de Gaza y sostiene que no lo hará más, cansado de lo que considera un blanqueo de Hamás entre parte de los estudiantes. “Puedes tener razón, pero si atacas a niños, a mujeres, eso es terrorismo. Y si practicas el terrorismo, vas a conseguir que eso manche a toda tu comunidad… Hamás es un grupo terrorista y no puedes disculpar lo que hicieron”. Acerca de Biden, y las propuestas para no votarle, Intrieri se declara escéptico. “Es verdad que Biden no ha tomado medidas muy contundentes, pero también es verdad que tiene las manos atadas”.

Adam Abusalah, por contra, no tiene dudas. El voto contra Biden, subraya el joven activista, “es un perjuicio a corto plazo, pero un beneficio a la larga. Si gana Trump, sufriremos cuatro años. Pero la gente se va a dar cuenta de que para ganar unas elecciones tiene que ganarse a la comunidad árabe estadounidense de Michigan”.

El frente judicial

Las presiones de esta comunidad se extienden también al ámbito judicial. En su bufete en el centro de Detroit, el abogado Nabih Ayad tiene enmarcados recortes de periódico de sus casos más célebres. Cuando comenzó la invasión de Irak en 2003, demandó al Gobierno estadounidense. En 2017 apeló contra el veto de entrada en EE UU que el entonces presidente Trump había impuesto a los ciudadanos de países que había definido como “agujeros de mierda”, la mayoría de ellos, árabes. Desde el comienzo de la guerra, ha centrado sus esfuerzos en conseguir que la Administración Biden facilite la evacuación de los palestinos estadounidenses que aún quedan en Gaza, alegando discriminación contra esos ciudadanos en comparación con los esfuerzos por liberar a los rehenes israelí-estadounidenses.

“Tenemos medio centenar de abogados voluntarios. Hemos presentado demandas en 22 Estados. La idea es hacer presión. Y (el gobierno) finalmente ha empezado a compilar una lista. Pero pueden hacer mucho más: se supone que Israel es su más fiel aliado. Pueden llamarles y pedirles que dejen de bombardear, pedirles que establezcan una vía para que los palestinos estadounidenses puedan salir”, explica Ayad.

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